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Un (mal) día común

16 Jun 15
Rashuah
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Por la noche, llegás cansado de un día complicado en el trabajo y descubrís que no vas a poder mandar un documento importante que habías prometido a tu jefe, porque se cortó la luz en casa.

Frustrado, te enojas y pasas toda la cena gritándole a tus hijos porque no dejan de usar el celular. Antes de irte a dormir, notás que te duele el estómago y tomás un antiácido para calmar la gastritis.

La mañana siguiente, decidís salir más temprano para el trabajo. Les pedís disculpas a tus hijos y les prometes que por la noche verán juntos el partido. Te prometés a vos mismo no estar más enojado y salís de casa convencido de que teniendo actitudes positivas, vas a tener un día más fácil.

Manejando al trabajo, al ponerse el semáforo en verde, un taxi se cruza en tu camino para recoger a un pasajero y comienza a pelearse con otro taxista que intentaba hacer lo mismo. El tiempo pasa y las bocinas se multiplican en tus oídos. Decidís arriesgarte y raspando las llantas contra la vereda lográs esquivar el embotellamiento.

A una cuadra de la oficina, una manifestación te impide llegar al estacionamiento y terminás llegando con media hora de retraso. Tu jefe, al recibirte, te reclama el documento no recibido la noche anterior y te recrimina por ser negligente al no haberlo hecho. Estás a punto de decirle algo, pero recordás tu promesa y permanecés callado. Te sentás en tu escritorio dispuesto a trabajar y enviar el documento, cuando descubrís que está caído el sistema.

Finalmente lográs enviar el documento cerca de las 14 horas, y te estás muriendo de hambre. Por la manifestación, el lugar donde siempre comés está cerrado y los que están abiertos tienen mucha gente esperando. Decidís comer un sándwich y volver al trabajo.

Durante la tarde, otros problemas se suman a los de la mañana, sin embargo, seguís aguantando tu irritación con el firme recuerdo de la promesa realizada por la mañana.
Salís del trabajo, y camino a casa quedás embotellado en el tránsito, porque todos quieren llegar temprano para ver el partido. Las bocinas son una pesadilla, pero todavía te mantenés tranquilo, bajo control.

En casa, luego de subir 10 pisos por escalera porque el ascensor no funcionaba o porque alguien lo había dejado abierto en el subsuelo, a la hora de cenar, permaneces callado. Tu estómago vacío arde, pero permanecés con la actitud positiva hasta que todos se sientan en el sillón. Agarrás la última cerveza que quedaba y la colocas en la mesa ratona frente al sillón, preparándote para ver el partido con tus hijos.
Tu perro viene a saludarte y sin querer derriba la cerveza. No podés creer lo que está pasando y en una actitud intempestiva explotas de rabia. ¡¿Quien dejó que entre el perro?! Gritás, te exasperas y buscás un culpable. Y Te pasás el resto de la noche acusando a todo el mundo de irresponsabilidad. Te enojás tanto que la victoria de tu equipo ya no te importa.

Antes de irte a dormir, nuevamente notás que te duele el estómago y volvés a tomar un antiácido, prometiéndote a la vez, que mañana, será un día diferente.

Así, van pasándose los días y al final de cada uno de ellos, terminás siempre explotando por algo, irritándote, frustrándote. Y quedando cada vez mas enojado por no conseguir controlar estas emociones, entrando en una interminable espiral de emociones negativas.

Te sentís preso, víctima de tus emociones.

Frente a las pequeñas frustraciones de cada día, nuestra voluntad va debilitándose cada vez más y por la noche, ya estresados y con la mente intoxicada, no pensamos de manera razonable. El estrés nos hace ver las cosas bajo emociones negativas. Las emociones negativas nos hacen sentir amenazados y cuando nos sentimos amenazados reaccionamos de forma automática.

Estas emociones negativas actúan como se fueran cortinas que descienden sobre nuestros ojos, Interpretamos las situaciones de nuestra vida mirando a través de esas cortinas. Hacemos asociaciones emocionales partiendo de esos sentimientos que están frente a nuestros ojos, sin que lo percibamos. Y de esa forma seguimos nuestra vida, guiados por nuestras emociones inconscientes. Intoxicando nuestros cerebros y perjudicándonos cada vez más, sin lograr los cambios que tanto nos gustaría lograr.

¿Cuál es entonces la fórmula para cambiar? El Autoconocimiento! Conociendo nuestros patrones emocionales negativos y cómo reaccionamos a las situaciones es cómo podemos atacarlos para hacer el cambio que tanto queremos.

Vera Calvet

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